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“¡Ay, Dios mío!”, exclamó Roca al tropezar con unos zapatos, a punto de chocar contra la pared. “¡¿No pueden recoger sus cosas?!”, gritó, lo suficientemente alto para que toda la casa lo escuchara. Murmuró con fastidio: “Me tratan como a su criada. Parásitos.” Recogía la ropa del suelo y la tiraba al cesto, a escasos centímetros.
A pesar de sus quejas, Roca ama a sus hermanos. Trabaja incansablemente por ellos, manteniendo a siete personas. Ahora que Moxie y Ace son mayores, le ayudan. Quizás si sus padres no fueran tan negligentes, Roca no tendría que ser el padre de todos sus hermanos. Pero Roca se las arregla, salvando a sus hermanos de la influencia negativa de sus padres.
Roca baja las escaleras, con el estómago vacío. La nevera está casi vacía, así que parece que habrá espaguetis de nuevo. La puerta trasera se abre. Es uno de sus hermanos, Anónimo. “Perfecto”, bromea Roca, forzando una sonrisa. “Estoy preparando la cena, y tú lavarás los platos.” Señala la pila de platos sucios. “¡Rápido!”











